Mi puesto de secretaria me permitía tener un contacto directo con Rafael, mi jefe y también cierta complicidad con él, incluyendo sus asuntos privados, como por ejemplo su ordenador personal, sus citas, contactos y demás. Eso sí, me había dejado claro que podía tener acceso a todos los archivos de su ordenador, exceptuando una carpeta de nombre “Zona Prohibida” para recalcar que aquello era intocable, intransitable…
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Con poderoso aparato
De amorosa fatiga,
Luce su verga en la intriga
Y en el ano de su mano.
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Hace un año me condenaron a cumplir un período de trabajos sociales en el hospital a causa de un robo que cometí en un centro comercial con unos amigos. Había robado una mierda de botella de whisky y el juicio no se celebró hasta un año después, ya con dieciocho. Fui declarado culpable y, como el delito se había cometido aun siendo yo menor, la pena fue breve. Me tocó mucho los cojones, no quería cumplir ninguna condena, mucho menos tres noches seguidas durante la semana, limpiando el hospital, pero mejor eso a la cárcel. En cualquier caso, no me apetecía una mierda. Sin embargo, lo que empezó como un castigo, acabó convirtiéndose en algo mucho más placentero.
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¡Oh, amor!
Que llegaste en el momento preciso
de reanimar mi alma en quiebra,
disipando la tortura de tristezas pasadas
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Debe ser cosa de la profesión que la gente se muestra demasiado predispuesta a contarnos a los médicos sus problemas. Me encontré por casualidad a Raquel en el hospital, para hacerse unas pruebas rutinarias. Digo por casualidad porque ni yo la conocía por su nombre y apellidos ni ella sabía que yo había acabado siendo médico.
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Aquel mismo día de finales de junio en que mantuve tan vital conversación con Roberto, cuando nos disponíamos a salir de su casa rumbo a la mía, para plantear a mi hermana la inesperada proposición de matrimonio de su enamorado secreto, coincidimos en el amplio vestíbulo con el inefable Sergio, que regresaba de una jornada de compras con bastantes bolsas en la mano, acompañado de su hermano menor José María, conocido como Chema, que, a sus casi 15 años, había pegado un estirón considerable desde la última vez que le había visto. Le saludé sin entusiasmo, e intenté esquivar su hipnótica mirada, pero él no hizo ademán de alejarse y permitirme el paso.
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La depresión que hizo presa en mí a partir de ese momento me llevó a abandonar momentáneamente los estudios, y recluirme por espacio de varios meses en la casa de Rascafría, donde mi madre y mi hermana acudían a visitarme a menudo. Le regalé el Ford Fiesta a mi hermana, (en eso salió ganando la jodía) y nunca más quise volver a montar en él. Me pasaba el día llorando, paseando como un jubilado autista por el Bosque de Finlandia, o buscando un mínimo de paz espiritual en mis cada vez más frecuentes visitas al cercano Monasterio del Paular, donde solía quedarme largo rato meditando, en completo silencio, con la aquiescencia cómplice de los frailes del lugar, que solían respetar mis largos períodos de rezos laicos en la capilla, en horario de visitas.
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1988 habría de convertirse, por obra y gracia de Sergio Pinto, en mi año favorito. Todos mis sueños eróticos y de amor verdadero se habían hecho realidad. De repente, el sol brillaba con más fuerza en el cielo, los exámenes no me parecían tan difíciles como antes, y el mundo parecía dar vueltas a otra velocidad más acorde con los latidos de mi propio corazón.
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A partir de aquel día la incipiente amistad entre Sergio y yo prosiguió un ritmo ascendente. A su familia, acostumbrada desde hacía tiempo a sus excentricidades, le pareció un buen síntoma que, en esta ocasión, hubiera elegido como amigo a un chaval sano y consecuente como yo. Al menos así me definió, en presencia de sus estrictos progenitores, su hermano Roberto, mi principal valedor en su casa. Lo cual no dejaba de resultar curioso.
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