Alguna vez el éxito les ha provocado un sentimiento de culpabilidad? A mi si, pero a pesar de ello, de nuevo me encontraba fuera de aquella enorme oficina. Nerviosa, ansiosa, como siempre un poco molesta por la mirada incriminatoria de la secretaria. Era obvio que sabía lo que sucedía, pero yo no le ponía asunto, ya no me importaba, quizás un poco al principio, pero ahora era una adicción, de esas que te hacen perder la vergüenza ante la opinión de la demás gente.
Vestía mi mejor traje para las ventas, de color café, la falda me quedaba unos cuatro dedos arriba de las rodillas, resaltaba las curvas de mi cadera y mi trasero. Por otro lado el saco delineaba de manera muy favorable mi delgadez y mis pechos se veían muy bien dentro de la blusa rosada y tallada de botones que portaba. Tac, tac, tac, tac, era el sonido efímero que emitía con mi tacón derecho en el piso, señales obvias de que estaba ansiosa e impaciente por empezar mi planeada reunión.
-Adelante señora Fernanda, puede pasar ahora- Dijo la “refinada” secretaria regalándome una de sus clásicas sonrisas hipócritas.
Entré cautelosamente, tratando de hacer el menor ruido posible. Mi piel como siempre se puso eriza, como que un chiflón de aire hubiera invadido la habitación en el justo momento que ingresé. Allí estaba él, como era costumbre, al final de la amplia y flamante oficina, sentado en su escritorio. De 45 años, maduro, muy inteligente, de cabello canoso y con un bigote bien recortado y muy varonil que le daba un toque muy interesante a su rostro semi arrugado. Se trataba de Don Rogelio Acosta, dueño de una importante empresa multinacional. Todo mi éxito como ejecutiva de ventas se lo debía a los grandes contratos que había firmado con este magnífico cliente, que desde el principio se interesó más por la vendedora, que por los servicios que mi empresa le ofrecía. Él se encontraba observando la ventana con una mirada un tanto perdida, al desviarla hacia mi, rápido sentí el impacto de sus hechizantes ojos azules electrizarme todo el cuerpo.
-Adelaida, por favor que nadie me moleste mientras estoy acá con la señora Fernanda- fue la orden que le dio a su secretaria presionando el intercomunicador.
-¡Como usted diga Don Rogelio!- Contestó la máquina emulando la voz de la secretaria. La vista del importante cliente se dirigió de nuevo a mi humanidad.
-¡Fernanda, que gusto me da verte! ¡Siéntate por favor!- dijo haciéndome un ademán. -Anda, cuéntame… ¿Qué me traes para hoy?- terminó preguntándome con un tono de voz muy profesional, mientras me observaba directamente a los ojos.
Me senté frente a él no sin antes poner mis carpetas sobre el escritorio, esbocé una sonrisa, crucé mis piernas y me hice con la silla hacia atrás, lo suficiente para exhibirle mis muslos. La experiencia me había enseñado que ese lenguaje corporal era una forma efectiva de obtener la atención inmediata del cliente. Hablamos quizás por unos 30 minutos sobre los beneficios que le brindaría el nuevo paquete de servicios telefónicos que recientemente había adquirido su empresa, para la nueva sucursal que estaba abriendo en las afueras de la capital. Durante todo el tiempo él se mantuvo observándome, atento, recorriendo sin duda cada una de las curvas de mi cuerpo, especialmente las de mis piernas. Una tensión crecía entre nosotros. La verdad, todo esto se lo habría podido detallar con facilidad, en una simple llamada telefónica, pero digamos que a él, lo que era conmigo, prefería atenderlo de la manera más personal posible.
-¡Excelente Fernanda… todo está muy bien! Solo hay una “pequeña” duda que me invade en este momento- Dijo Don Rogelio con su voz ronca, de una manera un poco salida del tono de la conversación de negocios.
-¿Y cuál sería esa duda Rogelio?- Pregunté viéndolo directamente a los ojos, con una intriga derivada de mi excitación.
-¿Quisiera saber… qué traes puesto hoy?-…
Sonreí, respiré profundo, deshice el nudo de mis piernas y me puse de pie para dirigirme hacia él rodeando el escritorio. El golpeteo con eco de mis tacones, en la inmensa oficina, era el único sonido que se escuchaba mientras me acercaba a mi corto destino, caminando de la forma más provocativa que daba mi femineidad. Rogelio sin ponerse de pie, solo me contemplaba embelesado en mi provocativo avance, hasta el justo momento en que me puse de pie frente a él, con mis senos a la altura de su rostro.
Le tomé de la nuca con una de mis manos, a lo cual él respondió inclinando su cabeza hacia atrás, debió sentir mi mano fría en comparación con lo caliente que tenía la piel. Me abalancé hacia él, clavándole un profundo e intenso beso; Agresivo; Mi lengua invadió de golpe el interior de su boca. Me esmeré para acariciarle toda su lengua con la mía, tratando de embriagarlo con ese roce pasional en el que se perciben detalladamente las texturas. Mi excitante gesto fue recompensado con una caricia suave de la mano de Rogelio sobre mi nalga, que segundos más tarde se convirtió en un lujurioso apretón.
¡Mm! Era deliciosa la forma de besar de ese hombre, electrizaba todo mi cuerpo, me encantaba tenerlo así, acariciando sus mejillas con mi cabello rubio y con nuestras lenguas jugueteando con frenesí. Soltó mi boca en un instante determinado, solo para ponerse en la faena de desabotonar mi blusa, algo desesperado, mientras yo acariciaba sus orejas con ambas manos, observándolo desde arriba, regocijándome con el reflejo de su mirada que seguía el camino de botones que resguardaban lo que deseaba. Por fin terminó de abrirme la blusa.
-¿Trajiste el rosado?- Dijo Rogelio al ver mi sostén, con una expresión de gusto, digna de un niño cuando se le regala su golosina favorita. Amasó con fuerza mis pechos por encima de las copas del sostén, con cuya acción provocó que un gemido leve de boca cerrada se me escapara. Esa señal le dio la pauta a Rogelio para que procediera a desabotonar mi sostén con mucha facilidad, ya que una de las razones por las que ésta prenda, era de su preferencia, se debía a que era de los que se desabotonan por delante.
Mis senos hinchados y con los pezones duros, saltaron de la excitación a la cara de Rogelio. Al momento que éste los liberó de su prisión, de inmediato se puso a chuparlos y a lamerlos por parejo, me enloquecía la forma en que mi amante lamía las aureolas rosadas de mis pechos, así como las cosquillas eróticas que me hacía su bigote en éstas. Desde el primer lametón que recibí mi reacción fue tomar la cabeza de Rogelio con ambas manos y hundirla entre mis dos senos, como si quisiera ahogarlo con ellos. Inclinaba mi cabeza hacia atrás, debido a que por segundos sentía que me perdía entre tanto placer. Suavemente mi amante procedió a darme mordiscos en los pezones, mi rostro se estremecía al mismo tiempo que recibía dichas estimulaciones, mientras Rogelio más me apretaba los pezones, cerrando delicadamente sus dientes, más abría yo la boca, exhalando mi aliento de lujuria, cerrando mis ojos al mismo tiempo, para que mis otros cuatro sentidos experimentaran con mayor intensidad las delicias de sensaciones con las que me bombardeaban en ese momento.
Rogelio tomo mis nalgas con ambas manos, me las magreó con mucho morbo, sin dejar de juguetear mis senos en su boca, estuvo un rato así, para luego pedirme que me diera la vuelta. Al voltearme hizo que apoyara mis manos sobre su escritorio, dándome un pequeño empujón, de manera que quedara inclinada hacia delante de la forma más sexy en que se podía posicionar mi cuerpo, poniendo mi culo justo frente a su cara. ¡Si que le gustaba a Rogelio observar de cerca! Me tomó de las posaderas y dijo con su voz gobernada por el deseo:
-Quiero ver que más me trajiste-.
Deslizó sus manos por debajo de mi falda, hasta encontrar las orillas de mi tanga de encaje, comenzó a bajarme la sensual y rosada prenda, lentamente, dibujaba mis corvas al hacerlo, no se detuvo durante todo el trayecto de mis piernas, hasta que el tanga finalmente llegó a mis tobillos. Rogelio levantó mi falda para destapar mis nalgas y sin dudarlo empezó a chuparlas y a tratar de morderlas suavemente. Nuevamente me raspaba deliciosamente con el bigote. Abría su boca a plenitud, tratando de agarrar la mayor cantidad de cada uno de mis glúteos con su boca, sus dedos mientras tanto empezaron a frotar mi húmeda vulva. Su dedo de en medio pasaba justo en el centro de los labios de mi raja, lo movía lentamente hasta llevar la yema del mismo a mi clítoris.
Las caricias que recibía me estaban volviendo loca de placer y mi cueva de amor se lo hacía saber a Rogelio, lubricándole las manos con mis secreciones de deseo. Luego de esas riquísimas caricias, entró en acción su lengua, mi vagina se contrajo con fuerza en el momento que ésta acarició mis labios íntimos en su totalidad. Lo hacía como un maestro, era eterna cada deliciosa lamida que me daba, me hacía gemir de placer, sentía que llegaba a la cúspide. Un dedo furtivo se introdujo en mi vagina, Rogelio lo encorvó de una manera “especial” que sentía como me acariciaba regiones a las que un pene no puede llegar cuando te follan. ¡Uf! Somaté mis manos sobre el escritorio mientras gemía, en señal de aceptación de las maravillas que me hacía con ese dedo. Casi me corro, cuando de pronto Rogelio de golpe se puso de pie dándome al mismo tiempo una sonora nalgada, que del susto me hizo voltearlo a ver, solo para alcanzar a distinguir el momento en que su pantalón, junto con su ropa interior se deslizaron por sus piernas hasta llegar al piso.
Su pene como siempre me impresionó. Grande, ancho, venoso y babeante. Me daba tanto morbo el hecho de que no estaba circuncidado. Era mucho más grande que el de mi esposo Carlos. Esa verga era un trauma de placer que sufrí desde la primera vez que Rogelio y yo estuvimos juntos. La punta forrada de piel de su pene empezó a rozar la entrada de mi lubricada vagina, ese glande cabezón con pellejo extra me provocó de inmediato un orgasmo, lo cual hizo que no me diera cuenta del momento justo en que Rogelio entró por completo. Mis ojos se trabaron y varios gemidos de placer se me escaparon de la boca junto con más golpes de mis manos abiertas sobre el escritorio, momentos después me di cuenta que su pelvis ya llevaba varios choques contra mis nalgas.
– ¡Date la vuelta Fernanda… acuéstate en el escritorio!- alcanzó a ordenarme Rogelio con la respiración entrecortada. Se tuvo que salir de mí por unos cuantos segundos, tiempo suficiente para que me recostara en el lujoso escritorio, muy abierta de piernas y completamente ansiosa por tener esa tremenda verga de nuevo dentro de mí. En el momento que Rogelio volvió a penetrarme y darme un par embestidas, el gusto me hizo envolverle la cintura con mis piernas. – ¡Ay! ¡Cuidado!- gritó Rogelio a manera de reclamo, uno de mis tacones se le debió haber clavado por debajo de una de sus nalgas. En venganza me apretó los senos fieramente, atrapando mis pezones entre sus dedos y empezó a embestirme con todas sus fuerzas. Gotas de sudor de su frente caían sobre mi vientre, la vibración hizo que su lujosa pluma plateada junto con mis carpetas, que estaban sobre el escritorio, se fueran directo al piso. -¡Carajo, qué rico me coges Rogelio, no pares!- le dije gruñendo. La expresión del rostro de Rogelio anunciaba que estaba a punto de correrse y por lo visto, fue más rápido de lo que pensé, pues segundos después sacó su verga la cual escupió algunos chorros algo gordos de semen sobre mi vientre. Yo no había alcanzado el éxtasis pero la ligera ayuda de mi dedo medio, frotando duro mí clítoris hizo que obtuviera mi segundo delicioso orgasmo; Ambos quedamos extasiados.
Mientras me arreglaba, luego de haberme limpiado en el baño privado de la oficina, un “ligero” sentimiento de culpabilidad me invadió mientras me veía al espejo. Aunque en cada ocasión que tenía una “reunión” con Rogelio el sentimiento de culpa aparecía, la intensidad siempre era más baja que en la ocasión anterior. Sin embargo, nunca, desde la primera vez que estuve con Rogelio, el sentimiento de culpa fue lo suficientemente fuerte como para querer abandonar esa nueva rutina semanal a la que me había “inscrito” desde hacía ya, varios meses. Rogelio era el nuevo hombre de mi vida, su seducción desde nuestra primera cita de negocios había llegado a convertirse en una excitante aventura. ¡Me hacía sentir viva!; El beneficio no cesaba allí, ya que gracias a todas las compras de servicios que él le había hecho a mi compañía, yo me había convertido en la estrella de las ventas en la misma. ¿Mencioné las comisiones? Eso era algo extra que no me dejaba ningún espacio para el remordimiento. Siempre pensé que entre todos los caminos que existen para el éxito, se debe de elegir el más placentero.
Me despedí de mi amante con un largo beso en la boca. Tenía que alejarme pronto de él para evitar una recaída de placer. Estaba atrasaba para regresar a casa. Carlos se encontraba de vacaciones, por lo cual era preciso que yo regresara temprano, ya que de lo contrario, éste se enteraría del verdadero horario en el que yo regresaba habitualmente.
Parecía que mi vida se podría mantener equilibrada entre mi aventura y mi matrimonio, pero desafortunadamente un suceso reciente había puesto mi estilo de vida en serios problemas; Estaba siendo víctima de un chantaje; No estaba segura si aún amaba a Carlos, pero la verdadera razón por la que no lo dejaba, era el maldito acuerdo prenupcial que habíamos firmado. El muy cabrón se había asesorado muy bien de sus abogados y si el matrimonio llegaba a su fin, inclusive por infidelidad de su cónyuge, él se quedaba con la mayoría. Esto no aplicaba del todo a mi favor si esto sucedía de manera reversible. Es cierto que Rogelio era muy adinerado, pero éste era casado. ¿Me cogía muy rico? ¡Sin lugar a dudas! Pero no estaba segura si Rogelio me amaba, además no me gustaba para nada la idea de quedarme sola y a la deriva.
Al llegar casa, empecé a montar el teatro al que recurría con frecuencia, especialmente ahora que habían empezado las vacaciones de mi marido. Entré quejándome del larguísimo día de trabajo que había tenido, de los latosos clientes con los que había tenido que tratar y fingí una insoportable jaqueca que me taladraba la cabeza. Para mi mala suerte Carlos esa noche tenía una expresión extraña, como la que ponen los niños cuando han hecho una muy buena travesura que dentro de poco se convertirá en sorpresa. Luego de cenar tuve que tomar precauciones poniéndome el camisón menos sexy que encontré en mi guardarropa. Era uno de la clase “aguada pollas”, como yo les llamo, un nostálgico y bello regalo de mi difunta abuelita. ¡Qué en paz descanse!
Al escabullirme dentro de las frazadas de la cama, al fin Carlos me mostró lo que se traía entre manos ó en este caso, lo que se guardaba entre los pantalones del pijama: El pobre se había afeitado el pubis por lo que la verga se le veía muy chistosa, se me figuraba como un fideo algo grueso. Casi suelto una carcajada en el momento en que se bajó el pijama para mostrarme su supuesta “obra maestra”. La sorpresa que me dio, no fue fingida, inclusive se la toqué para comprobar la diferencia. Al final hasta me resultó un poco tierno, pero estaba adolorida de la tremenda cogida que me habían suministrado por la tarde, así que le ofrecí que dejáramos la exploración de aquel fenómeno estético para el día siguiente. En teoría no tenía planes de estar con Rogelio al día siguiente, por lo que supuse que iba a tener fuerzas por la noche para premiar a mi esposo por su ridícula travesura. Realmente no me molestaba que Carlos tuviera un pubis peludo ó no, supuse que el haber usado su mata de pelos, como excusa para no darle una mamada, un día que tampoco estaba de humor, debió haber sido la razón de que se le ocurriera hacerse pasar por estilista. Mi negación, a pesar de su esfuerzo parecieron molestarle mucho, ya que de perfil, Carlos se miraba más trompudo que de costumbre, pero no tenía la intención de darle la oportunidad de convencerme por lo que me hice la dormida de inmediato.
Al día siguiente me levanté muy temprano, dejando a Carlos profundamente dormido en la cama. Luego de asearme un poco, con algo de nervios me dirigí a la cocina en busca desesperada de un café. Al llegar me saludó la culpable de mis peores problemas.
-¡Buenos días Señora! ¿Durmió bien?- fue el saludo de la criada; María.
–Déjate de hipocresías, ya me tienes harta… ¡Ja! Veo por tu vestimenta que ya estás lista para largarte para siempre- fue la contestación eufórica que obtuvo a cambio de su irónico saludo.
–Claro señora, fue lo acordado- respondió la criada desafiante. Me dirigí hacia la gaveta donde se guardaban los cubiertos y por debajo de ellos extraje un papel que tenía escondido.
–Mira, esta es la copia del depósito bancario a tu cuenta, revísalo si quieres- le dije con molestia mientras se lo entregaba.
–Veamos… ¡Si, todo está bien, justo como quedamos!- dijo la chantajista con una sonrisa cínica.
–Recuerda, el trato es que hoy te largas para siempre de la casa, supuestamente irás a visitar a tu tía, luego yo le diré al señor de la casa, que llamaste para avisar que ya no podrás seguir trabajando acá- fue lo que le dije a María para recordarle nuestro acuerdo.
–No se preocupe señora, así será. Lo de usted y el señor Rogelio queda entre nosotras… ¿Si?- dijo María con un tono burlesco.
–Sigo sin entender como te enteraste… ¿No sé como eres capaz de todo esto? Pero ya no importa, que quede en tu conciencia-. Fue mi última oración de la desagradable conversación.
Una hora más tarde, Carlos y yo nos encontrábamos desayunando. El muy infeliz para variar preguntó intrigado por la vestimenta de la criada. De seguro se había fijado en el culo de la descarada, que para variar esa mañana llevaba puesto un pantalón de mezclilla tallado, digno de una zorra. Afortunadamente no sospechó nada fuera de lo normal y todo salió de acuerdo al plan.
Me retiré muy pensativa al trabajo, esperanzada de que mis problemas muy pronto se terminarían, pero no tenía ni idea.
Continuará…

