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31 diciembre, 2008

Mi hermana Irva, de 37 años, vivía en su barco, en la costa catalana desde que se había separado. Aprovechando que sus hijos se habían ido de viaje, pasé a visitarla.
Una vez a bordo me invitó a dar una vuelta por las pequeñas calas cercanas, que acepté de inmediato.

Ya navegando, me dijo que se encontraba cansada después de varios días de intenso trabajo para reparar el barco.

Una vez llegados a una cala, le dije que si quería, podía darle un masaje en la espalda.

Tras dudar un momento, aceptó, y se tumbó en un camastro, boca abajo.

Cogí un bote de crema y empecé a restregarle por la espalda. Para facilitar el trabajo, desabroché la parte alta de su bikini, a lo que ella en principio no se opuso.

Al cabo de un rato de masajeo, mientras ella asentía con suspiros, decidí bajarle la braguita del bikini hasta los tobillos, para trabajar sobre sus glúteos.

Ante este panorama, con mi hermana tendida y desnuda, mi reacción no se hizo esperar, una enorme erección demandaba soluciones rápidas.

Me decidí a intentarlo, y me despojé de la camiseta y del bañador, liberando mi poya erecta.

Rápidamente, me tumbé sobre mi hermana, agarrándola de las muñecas y tendiendo mi cuerpo sobre ella. Ella se sorprendió e intentó girarse, al notar el contacto de mi poya en sus glúteos, pero le dije al oído: “es inútil que protestes, aquí nadie te va a ayudar”.

Comencé a besarle el cuello y la espalda, y finalmente, empecé a introducir mi poya por su vagina, desde atrás.

Ella gritaba un poco y forcejeaba, pero noté que su vagina estaba húmeda.

Finalmente, agarrándola por las muñecas, la volteé, cayendo su bikini al suelo y dejándome a la vista sus maravillosas tetas, pequeñas pero bien conformadas, redonditas y con unos pezones que invitaban a saborearlos.

Me tumbé sobre ella, esta vez de frente, chupando esos pezones deliciosos, besándola en el cuello, las orejas, la boca, aunque ella gimoteaba e intentaba esquivarme.

Finalmente, volví a meter mi poya en su vagina, y comencé a bombear. A los pocos minutos, me corrí dentro de ella, al tiempo que notaba un orgasmo en ella que le hacía arquear su espalda

Estuve unos minutos tendido así, sobre ella, que había cesado el forcejeo y respiraba agitadamente también.

Le dije al oído: “parece que has disfrutado tú también” “tus flujos vaginales te delatan”.

Me incorporé y le dije: “Más vale que no denuncies nada, porque no creo que nadie vaya a creerte”. La obligué a bañarse, y al rato estábamos navegando de vuelta al puerto.

Cuando bajé del barco nos miramos y ella no dijo nada. No supe nada más de ella en un largo tiempo, pero tampoco recibí ninguna queja ni denuncia.

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