ZORRAS| VIDEOS XXX | SEXO GRATIS | PORNO ONLINE


31 diciembre, 2008

No era posible quedarnos, deberíamos irnos. En realidad no estábamos tristes, durante nuestra visita a la comunidad Mapuche fuimos bienvenidos, vivimos aventuras extraordinarias, éramos héroes, habíamos tenido sexo, aún con jóvenes Mapuche. Acomodamos nuestras cosas en la camioneta, igual las de Tomy. Y las de Cástor y Pollux. También las de Héctor y su madre.

Todos ellos vendrían con nosotros a Arauco, los chicos le pidieron a papá el venir con nosotros, lo hicieron con la misma naturalidad que si se consultara por la hora, sin vergüenza, sin vacilaciones, papá sacudió la cabeza y le dijo que debían pedir permiso primero, Luis Millacura y su silenciosa esposa concedieron el permiso, agregando que los chicos podían ser recogidos en Concepción algunos días más tarde. Sería mucho tiempo después.

Héctor y su madre irían en el auto de Simón y Marta. Héctor necesitaba un médico, las lesiones de sus manos, que iban mejorando notablemente, empezaron a empeorar, los primeros síntomas de infección se notaban claramente. Héctor padre abrazó a mi papá y a tío Simón, los despidió muy ceremoniosamente y agradeció que lleváramos a Héctor a un médico. Nuestros padres respondieron con las formalidades requeridas y ofrecieron que Héctor y su madre podían quedarse en nuestras casas todo el tiempo que fuera necesario para que Héctor se mejorara definitivamente de sus manos.

Después de tres horas de un viaje muy incómodo, llegamos a Concepción y fuimos directamente a un médico, en el hospital regional las cosas no estaban andando rápido, de modo que Simón dijo que lo olvidáramos y fuéramos a un médico particular, papá estuvo de acuerdo, de modo que fuimos a ver a nuestro pediatra (¡sí!, aún nos examinaba un médico pediatra). El médico examinó las manos de Héctor, le preguntó acerca del origen de ellas; luego de ser informado, admiró su valentía y lo alabó, recomendó antibióticos tópicos y una inyección de lo mismo. Héctor protestó vehementemente, pero su madre era… bueno, la jefa… fuimos a Arauco, ella misma aplicó la inyección en el trasero de Héctor, lo sentimos chillar, y cuando lo fuimos a ver, aún tenía los ojos llorosos nuestro bravo guerrero Mapuche, Tomy sugirió que podíamos poner de la loción “aquella”. Su madre no lo permitió, el área de la inyección debía permanecer limpia. Todo lo que necesitaba era descansar.

Nuestras madres y Yanira (la madre de Héctor. ¿Por qué los Mapuche usaban nombre griegos, ¿ah?) prepararon sus dormitorios, más los de Cástor y Pollux, Yanira y Héctor ocuparían el dormitorio de Tomás, y nosotros… bueno, en mi dormitorio, la cama adicional que pusieron en mi habitación era sólo una decoración protocolar, en verdad dormíamos juntos.

Fuimos al mercado, (¿KeyMarket? Extraño nombre). Tío Simón y papá compraron una sierra, un pez similar a una barracuda. El trío de mujeres expulsaron violentamente a los dos pobres y desvalidos hombres fuera de la cocina, se les ordenó hacer el fuego, con abundantes brasas, que prepararan el “pisco sour” (jugo de limón, el pisco, azúcar y alguna otra cosa más). Las tres mujeres aparecieron charlando animadamente y riendo (el pisco sour puede ser muy activo). El pescado estaba envuelto en papel aluminio y fue enviado al fuego sin piedad. Papá descorchó una botella de vino e hicieron un brindis. Yanira fue por Héctor, no aceptó ayuda de ningún tipo (el orgullo Mapuche), pero no aceptó sentarse tampoco, prefiriendo permanecer de pie (el dolor Mapuche de su poto), pidió vino (la masculinidad Mapuche), pero su mamá le dijo acaso estaba loco (la matriarca Mapuche). En realidad este tipo de competencias de poder entre un adolescente normal y su madre no eran nuestro asunto, y debían resolverlo ellos. Yo estaba más preocupado de las espinas y huesos de mi trozo de pescado. Aunque delicioso, tenía espinas enormes y había que ser cuidadoso para comerlo. Finalmente el animal era un montón de huesos y espinas, a cada chico le había sido permitido beber algo más que una cucharada de vino, tirité cuando lo probé (odiaba el vino, pero lo bebí sólo porque los demás chicos bebieron). Luego de conversar ellos los adultos y jugar nosotros, nos pidieron de lavarnos los dientes y que fuéramos a acostarnos; cada habitación tenía un aparato de televisión conectado a cable. Héctor protestó (la madre rugió, el muchacho sólo movió la cabeza, poco a poco la relación materno filial se iba deteriorando y era de muy malos augurios). Los mellizos fueron a dormir, nos abrazaron, también Héctor, los besamos a todos ellos en las mejillas. En nuestra cama hicimos zapping (¡guack!, la tele estaba horrible), la apagamos y prendimos la radio, encontramos la Radio El Conquistador, música de consulta de dentista, pero calmaba.

Tomás apagó la lámpara, se me acercó y me abrazó, el calor de su cuerpo era placentero, sentía que sus brazos me protegía — mi muchacho, mi muchacho…— repetía tiernamente… le respondí acurrucándome a él, su boca se unió a mi boca, la abrí y dejé que su lengua tocara la mía, su beso tierno me puso en llamas; que hiciera lo que quisiera.

Su mano vagabundeó por mi pecho, alcanzó mis tetillas y las acosó hasta que estuvieron erectas como pájaros rogando por comida, depositó su mano abierta en mi vientre y acarició mi piel. Yo no estaba paralizado, estiré mi mano directamente a la banda elástica de su piyama, deslicé mi mano allí, agarré sin vacilación alguna su erección, ya no temíamos a las palabras — tu pico, Tomy, ohhh, tu pico…— dije ansiosamente con voz ahogada. Disfruté de sus crecidos pelos oscuros y ensortijados, le retraje la piel y jugué con la cabeza de su dureza aterciopelada. Su mano fue hasta mi entrepiernas, jugó con mi pene, imitándome, me echó atrás la piel de mi prepucio, abrí mis piernas para hacerle espacio, sus fascinantes dedos se deslizaron hasta mi saco, tironeó mis escasos vellos que crecían no más de un centímetro, su dedo intruso se deslizó por mi perineo y alcanzó mi agujero. Tomando la banda elástica de mi pantalón de piyama me los saqué. Yo era su chico.

Me puso bocabajo. Estando sobre mi vientre abrió mis piernas, sin brusquedad, no esperó nada, fue directamente a mi ano y me besó tal como me besaba en la boca, con lengua, esa sensación era exasperante, sentir su lengua allí, su cálida y húmeda pieza de carne viva era excitante, levanté mi popa, abrí más mis piernas cuanto pude, se acomodó, me abrió las mejillas y aplicó su boca una vez más, tuve que enterrar mi cara en la almohada para no chillar de placer. — Quiero culearte, Tony, quiero culearte… — me dijo con una voz tan ansiosa que tartamudeaba.

— Sí, Tomy, sí… culéame, oh, sí, culéame…— creo que rogué por sentirlo dentro de mí.

Me montó, sentí que ensayaba pasándome todo su pene por mi partidura abierta y mojada. Sentí la punta de su pico buscando mi entrada, presionó con sus caderas, mi natural resistencia no fue suficiente para evitar que me abriera el ano, sentí la aguda cabeza que tenía mi amado; me derrotó deliciosamente y lo sentí resbalar dentro de mi recto, entró continuamente hasta que me lo metió completamente, sus doce y medio centímetros estaban dentro de mí.

— Espera ahí, por favor…— supliqué — déjame acostumbrarme un poquito… — se detuvo por un minuto o más mostrándome su piedad. Las pulsaciones de su pene me comunicaban directamente con su corazón. Me tomó de las caderas y empezó a culearme muy lentamente, en poco aceleró su ritmo e impuso más vigor a sus entradas a mis entrañas. — Oh… — esa sensación — ohhhhmmm… — gemí.

Sentí que su pico se ponía más grueso, Tomás tiritó y acabó dentro de mí, en lo más profundo que podía alcanzar… — Te amo, Tony, te amo, te amo, Tony… oh, dios… como te amo…

Sus tiernas palabras eran hermosas, tenerlo dentro de mí era sobrecogedor… sentir su peso, su respiración agitada y profunda… no lo puedo describir, aún ahora…

Se retiró completamente de mí; ya casi a la salida mi esfínter (que jamás ha perdido su estúpido orgullo) lo expulsó casi groseramente junto con su semen. Por primera vez su líquido no era una materia aguachenta, era un líquido espeso y de color blanquecino, que no escurría rápidamente, ahora resbalaba perezosamente por mis piernas y la suyas. Tomás había madurado; siendo apenas tres meses mayor que yo, era un augurio de los misteriosos procesos que se operarían en mí muy pronto. Me lamió alrededor de mi ano, también mis piernas, en su lengua quedó la mocosa materia, antes que la hiciera desaparecer en su boca, se la saqué de un lengüetazo, no era exquisita, pero la saboreé, era SU líquido, SU ofrenda, su “prueba de amor”.

— Tony, culéame tú ahora, por favor…— me dijo.

Lo monté, escupí en la palma de mi mano y froté su agujero con la espesa saliva, me acomodé, tomando mi pene en mi mano, busqué su agujero, lo encontré con su ayuda… mi ansiedad me ponía torpe. Empujé, lo penetré y me metí en él cuanto pude, me empecé a mover en él, sintiendo el calor y presión de las estrechas paredes de su túnel, lo puse de lado, y continué culeándolo… tapé su boca con mis manos para apagar sus gritos, empecé una violenta ráfaga de movimientos, dura, brutal, gemía, gemíamos ambos, lo golpeaba con mi pene, de pronto se me salió, tomó mi pene y se volvió a empalarse, hice mis últimos groseros movimientos y acabé en él, eso fue abrumador…

No pude decir nada… su genitales estaban cubiertos de su propio semen, había acabado conmigo.

Me adormecí dentro de Tomás. Dormimos conmigo dentro de él.

***

Al día siguiente, nos preparamos para ir a Concepción, nuestros papás estaban de nuevo yendo a trabajar. Tía Alicia, Yanira y mamá subimos a nuestro auto, uno nuevo, cuatro por cuatro, una poderosa máquina que papá pagaría en tres años. Atrás, un poco como sardinas, bromeábamos todos los chicos, hasta que mamá dio un solo autoritario grito — ¡Silencio!, ¡tranquilos chicos…!!!— su orden fue duradera por cinco minutos, sin embargo el paisaje era muy distractor y nos ocupamos de mirar por las ventanas. Llegamos a Lota, un pueblo singular, uno de los más pobre de todo el país, un pueblo con gente muy brava, el partido comunista tenía aquí el ejemplo más claro de la “explotación del hombre por el hombre”. Las minas de carbón estaban cerradas, hace un tiempo el pueblo entero trabajaba o estaba vinculado a la explotación de las minas; las que se habían sido cerradas dado que el mineral no cumplía los estándares de calorías, y su explotación era a muy altos costos. Entonces, este lugar estaba repleto de gente con personas sin trabajo, que rogaban por una oportunidad para ganarse el pan, y la única posible era la celulosa, pese a que esta actividad destruía su ambiente, su salud y no había suficiente trabajo para darle de comer a toda esa gente. Nuestro elegante auto nuevo era visto como símbolo de un segmento social perteneciente a la “clase explotadora”. Todo el camino desde Arauco hasta Concepción estaba cubierto de pinos (y a lo menos 300 kilómetros más hacia el norte) y de eucaliptos, la industria de la celulosa estaba trabajando a toda su capacidad. Mamá trató de evitar a esa personas que trataban de detener el auto, que pedían por una moneda, y si no les dabas te rayaban tu elegante auto o rompían los vidrios a pedradas.

(¿No lo creen ni siquiera los chilenos? Vayan a esos lugares, queridos compatriotas).

Esta era la fea realidad de Chile fuera de Santiago, la principal ciudad de la nación, 500 o 600 kilómetros al norte, que dormía completamente ausente de esta realidad.

Por lo tanto, la posiciones políticas izquierdistas más extremas, con su discurso acerca de “derechos”, “los más ricos”, “y los explotadores” tenían (y aún tienen) una tierra abonada para sembrar el discurso para un explosivo grupo de personas que quieren un honrado pedazo de pan en sus mesas. Por supuesto, los ecologistas radicales también tenían algo que decir. Toda la tierra fue arrasada por incendios espantosos, que duraron hasta cuarenta años en la isla grande de Chiloé, el ambiente fue destruido, la fauna y la flora fueron devastados, desde el punto de vista científico toda la región se perdió para siempre, anfibios endémicos como Rhinoderma darwini, el sapo más raro del país, y quizás del mundo, estaba casi extinguido, sino totalmente extinguido, su hermano Rhinoderma rufum, desapareció hace ya mucho tiempo, el pudú, el ciervo más pequeño del planeta está casi extinto. El Huemul, el ciervo más austral del mundo tiene una población de no más de 200 ejemplares, otrora se contaba por miles. Las aves endémicas se retiraron hasta casi la extinción…

Desafortunadamente, todas estas cosas son ciertas, no sólo una melodramática parte de esta historia…

Concepción es una gran ciudad, tiene una de las mejores universidades del país, en su ambiente intelectual nació y creció uno de los más agresivos grupos políticos de izquierda, el “Movimiento Revolucionario de Izquierda” MIR, durante los sesenta y setenta del siglo pasado. Inspirado en la revolución cubana se transformaron en una formidable fuerza política en un primer escenario, y muy pronto, se transformaron en un ejército de jóvenes universitarios con un discurso brillante y coherente acerca de los cambios que debían operarse en Chile,… y en Sudamérica. El MIR competía seriamente con el partido Comunista, que más bien tenía una posición ridículamente moderada durante los años setenta. ¿Su pecado? Querer hacer de Chile una segunda Cuba… y la idiosincrasia de este país es un poco menos tropical que la isla. Y cometieron gravísimos errores.

Después del once de septiembre de 1973, Chile fue considerado una nación sucia, odiado por todo el mundo excepto Estados Unidos, que propició el golpe de estado, encabezado por un general que gobernó el país como un dictador. Matando gente y Concepción fue una de las regiones más golpeadas.

Los izquierdistas nunca fueron exterminados, pero si tienes una izquierda, también tienes una derecha, y un grupo de derechistas se levantaron con un vigor inusitado, muy cercanos a la ideología nazi, racistas. Izquierdistas y Derechistas, agresivos… y activos, y vigentes.

***

Cástor y Pollux vestían sus ropas tradicionales, ponchos, y su trarilonco (banda de lana alrededor de sus cabezas) con motivos Mapuche. A la entrada del supermercado, un grupo de jóvenes, algo más que adolescentes, calvos, cabezas rapadas en realidad, con chaquetas negras, la suástica en sus brazos, pantalones y botas militares, impidieron la entrada de Cástor y Pollux al supermercado, “porque ese lugar era para personas, no para animales”.

— Qué demonios les pasa a ustedes muchachos!!! — gritó mamá, francamente enojada; uno de ellos la empujó, mi mamá cayó al suelo aparatosamente. Yanira reaccionó, golpeó al muchacho directo en la cara, el chico se dobló como junco en una tormenta, le di una patada en las pelotas tan fuerte como pude, alguien me abofeteó lanzándome lejos, mamá agarró un cenicero metálico y sin trepidar golpeó con él al muchacho que me abofeteó, justo en la mitad de la espalda. La mamá de Tomy tomó una de las botellas de bebida que nos habían comprado y le dio con ella a uno de los jóvenes, en plena cabeza, la botella se rompió en pedazos, el muchacho se fue al suelo, ése no se levantaría más, de pronto todo este lío se escapó de todo control. Las mujeres nos arrastraron alejándonos del supermercado, decenas de personas atacaron a los jóvenes nazis, los golpearon hasta casi matarlos. Un grupo de carabineros apareció, detuvieron a los muchachos, los golpearon con sus bastones sin piedad ni consideración alguna, aún vi a uno de ellos con la nariz quebrada y sin dientes. Un enorme hombre alcanzó a uno de los chicos y le dio un espantoso golpe en la cara rompiéndole la boca, el muchacho escupió sangre, el carabinero le dio al agresor un horrible golpe que lo dobló como a un junco; sin embargo el hombre sólo se rió.

Muchas personas me tomaron, también a Tomás, todas alrededor de este lío, perdí de vista a mamá, me llevaron al interior del supermercado, desaparecieron con nosotros, dos tipos me tomaron, rápidamente me secaron las lágrimas, y me dejaron, luego se fueron disimulando su intervención en la paliza a los pobres neonazis, vi a mi mamá, corrí a sus brazos, los dos pequeños mellizos se aferraban a Yanira, dos hombres protegían a tía Marta y a Tomás… pero Héctor, ¿dónde putas estaba ese maldito? Apareció sonriendo, abrazó a su mamá, hablaron en mapudungún. Le mostró algo a su mamá. Me di cuenta que eran dientes.

Dejamos el mall, subimos al auto tan rápido como pudimos, volvíamos a Arauco. Dos cuadras más allá, mamá frenó en seco, violentamente, dijo (quizás para sí) en un tono que jamás le había escuchado (ni las palabras) — hijos de puta perra… por qué tengo que huir? — aceleró el auto al máximo, el vehículo, rugió primero, luego aulló, de pronto soltó el embrague, el auto saltó como animal azuzado, las ruedas aullaron contra el pavimento, volvió el vehículo en redondo, y volvió al estacionamiento del mall. Salimos todos del maltratado vehículo, de pronto vimos a tres skinheads, mamá fue hasta ellos y abofeteó al primero que pilló, hasta que lo lanzó al suelo, agarró a los otros muchachos de sus chaquetas de cuero, los sacudió como a ramas arrancando frutas y los golpeó con su puño hasta desmayarlos, uno de ellos trató de reaccionar agrediéndola, pero mi brava y furiosa madre estaba fuera de su alma, era una desalmada, tomó al muchacho por la garganta y empezó a abofetearlo hasta que la sangre cubrió su cara, de lado a lado, hasta que el chico rogó piedad, Yanira luchó con ella para detenerla.

— Fuera de aquí, ¡¡bastardos!!! — aulló mi mamá histéricamente, los chicos huyeron como demonios enfrentado la cruz… Yanira y Tomás trataron de calmarla, mucha gente aplaudió. Mi mamá (muy dama ella), arregló su ropa, se le había subido la falda y mostraba sus calzones. La señora de Núñez, mi apellido, el de papá, iba de compras, “y ningún hijo de puta se lo iba a impedir” (fueron sus palabras).

Aún furiosa, compró zapatillas Nike para Cástor y Pollux, lucía a los chicos Mapuches, dos parkas invernales para mí y Tomás, tres para Héctor, más zapatillas Nike, soquetes, calzoncillos, una docena para cada uno, y cinturones, dos vestidos para Yanira, uno para la madre de Héctor (que no lo necesitaba), pero entendí que mamá estaba demostrando a todos que no sólo era peligrosa, era famosa además, tarde o temprano su poderío llegaría a los fascistas, y esa era su intención. Que le temieran. Mamá estaba calculando mal. Muy mal. No entendía la naturaleza humana. Todos pagaríamos su furia, su desatada furia. Y rubricó su error… en una librería compró grafos, en el parabrisas, y en cada parte del auto nuevo, escribió “ODIO A LOS NAZIS, AMO A LOS MAPUCHE”

Mamá estaba furiosa, nunca la había visto en tal estado. Fuimos al auto, nos subimos y volvimos a Arauco. Se detuvo en Laraquete y compró pescado, en Lota compró carbón, un hombre se atrevió a piropearla, lo miró con tal furia y odio que el hombre se arrugó como papel viejo, le pidió disculpas públicas y le dijo “señora” una palabra de máximo respeto. Ya en la casa, Alicia tomó a su esposo Martín por un brazo y lo arrastró hasta el dormitorio. Escuché que mamá lloraba desconsoladamente, me levanté para ir a verla, mi mamá estaba llorando Yanira y Marta trataron de detenerme, pero se enfrentaron con un carácter muy parecido al de mamá, furioso y decidido. Me soltaron… Mamá abrazaba a su hombre, que estaba furioso, me abrazaron. Esa noche mis papás desaparecieron temprano, tío Simón y Marta manejaban la situación, nos ordenaron lavarnos los dientes y aún Héctor obedeció sin chistar, los “wincas” podían ser tan decididos como los Mapuche. Cástor y Pollux dormiría con nosotros, Héctor con su mamá.

Vi a tío Simón cargar con doce balas su pistola de nueve milímetros, tenía a lo menos 500 balas más, mi papá cargó con doce tiros su escopeta calibre doce, tenía más de 300 tiros, todos con munición de cinco milímetros, esas volaban una puerta como si nada, cuanto más a un ser humano; esos hombres estaban dispuestos a matar a quien se pusiera en su camino, mapuche, nazis o chilenos, no importaba qué pasara después, carabineros no estaba allí para protegernos…

Y no pasó absolutamente nada…

Esa noche Tomy y yo no hicimos absolutamente nada, sólo nos abrazamos, me tocó el poto, le toqué el suyo, tiernamente; no era una caricia caliente, sólo tierna… estábamos asustados…

Al día siguiente jugamos fútbol con Cástor y Pollux, Héctor jugó con nosotros, pero sus manos dañadas le permitían jugar en dolor, y eso no era juego. Pero Héctor insistía, estaba buscando su destino, lo comprenderíamos más tarde. Mi mamá nos llevó a la playa, esas playas eran muy frías, las bañaba la corriente de Humboldt, eran gélidas. Pesqué un lenguado chiquito, Tomás pescó uno enorme (¡cómo se atrevía ese maldito hijo de puta!, ¡perro puto y la grandísima puta que lo parió, y la concha de su madre… a ganarme a MIIII!!!!). Dios, cuán perversos nos puede poner la envidia… le pedí perdón a dios y a mi adorado Tomás los insultos que le propiné. (hijo de puta!!)

Castor, sin dudarlo, corrió hasta las frías aguas del Pacífico sur oriental, tomó al animal de las agallas y lo llevó a la orilla. Mi mamá estaba muy incómoda con su bolso, ofrecimos ayudarla, pero ella rechazó todo tipo de asistencia para cargar el misterioso bolso. Miré disimuladamente dentro su misterioso bolso, una pistola de repetición, calibre nueve milímetros estaba dentro, completamente cargada con una tirada de 17 balas, más dos cargas adicionales. Mi mamá estaba dispuesta a matar…

***

Esa mañana, el hombre besó a su mujer a la entrada de su modesta casa, abrazó a sus dos pequeños hijos, subió al camión, estaba asustado, pero necesitaba trabajar. Se dirigió a la montaña para traer los troncos de pino para alimentar a la hambrienta fábrica de celulosa, cuando la carga de resinosos troncos estuvo lista empezó a retornar; manejaba tranquilo, de pronto una botella con combustible se estrelló contra el parabrisas, las llamas aparecieron como fantasmas, el fuego alcanzó las siete toneladas de madera, todo el camión se inflamó, el hombre gritó, en dolor, horrorizado, abrió la puerta para huir, las llamas invadieron su cuerpo, gritó el nombre de sus hijos y corrió envuelto en el infierno. Siguió corriendo aullando el nombre de su esposa. Aún los Mapuche responsables del atentado trataron de ayudarlo, pero murió de manera horrible. Los carabineros sólo encontraron un cuerpo humano humeante…

Su mujer apareció en la televisión, llorando histéricamente, los muy profesionales periodistas chilenos tenían su noticia de último minuto, una mujer aullando de dolor del alma, dos niños, desolados, abrumados, sin lágrimas, completamente fuera de este mundo. El funeral fue enorme, en mi casa vimos la televisión, Yanira y Héctor, ambos en medio de lágrimas y llantos incontenidos, insultaban en Mapudungún y en español. Ese hombre no era un rico dueño de la industria, era un hombre tratando de obtener comida… y lo mataron, en realidad lo asesinaron. Héctor, el muchacho llevó sus manos, cada día peores, a su cara, esa no era la forma de luchar… era una forma vergonzosa de luchar… esa no era la forma de luchar… repetía una y otra vez….

***

Lo que Héctor no comprendía, y mucho seres humanos tardan toda una vida en comprenderlo, es que no hay juez más severo, ni verdugo más cruel, que nosotros mismos, cuando nuestros principios, creencias y convicciones se vuelven contra nosotros. Nos auto condenamos, y eso es irreversible. Eso le ocurrió al joven guerrero. Su decisión sería fatal.

***

Héctor estaba completamente sano en un mes, pero estaba silencioso, no sonrió nunca más, su madre era incapaz de dominarlo, se emborrachaba, contestaba pésimo a Yanira, aceptaba nuestra hospitalidad, caballerosamente, pero distante, en él una tormenta espantosa se estaba desarrollando. Un día desapareció, sólo encontramos una nota, pedía perdón a su madre, a mi mamá, y a todos, pero necesitaba seguir su destino. Después de leer la nota, Yanira desapareció en el dormitorio, luego de un rato, apareció de nuevo, completamente vestida a la usanza Mapuche, poncho negro, su trarilonco no llevaba ninguna señal visible, era completamente negro, sin zapatos, nos saludó en mapudungún “Mari, Mari, peñi, huentru, hueñis, lamien…” [Saludos hermanas y hermanos, hombres, niños y mujeres…], besó a mi madre y a tía Marta, se fue y nadie intentó detenerla. Fui el primero en estallar en sollozos inconsolables, mi cuerpo entero se remecía. Entendí por primera vez, a dos días de mi cumpleaños número doce, que hay personas que dibujan su destino y no desean eludirlo, son personas patéticas y trágicas.

El almuerzo fue silencioso, Cástor y Pollux sólo aceptaron la sopa. Ése fue el comienzo de muy tristes y luctuosos eventos.

Una semana más tarde, centenas, quizás miles de Mapuche, hicieron una marcha.

Videos Porno Relacionados

Leave a Reply