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31 diciembre, 2008

Décimo séptima parte: … Marcelo… Marcelo, ¡Ay Marcelo!
Esta es la continuación de la historia de Marcelo y Camilo, de Danilo y Giovanni. De nuevo la advertencia: esta es una historia de sexo homosexual entre púberes, en esta historia se agregan relaciones incestuosas.
En este capítulo en particular interviene un adulto. La conducta de las personas ligadas a las instituciones civiles, militares, públicas o privadas, no comprometen a las instituciones en modo alguno. Esta es una historia de ficción y así debe comprenderse.

Si no tiene edad legal para leer este tipo de relatos, o es ilegal en su localidad, no siga adelante.

El uso de condón en estas descripciones se omite, pese a ello se recomienda fuertemente su uso en la realidad, máxime si sólo es sexo ocasional o no se conoce bien a la pareja. Igualmente los protagonistas hacen uso de drogas como aliciente, las que recomiendo usar en forma moderada, responsable y sólo bajo claras condiciones de seguridad. Jamás use drogas cuando maneja, de ninguna naturaleza. Los nombres y apellidos son pura ficción, las coincidencias son sólo eso. Vamos adelante.

Los hermanos se comunicaban diariamente con sus padres, se entregaban novedades y recibían instrucciones (yo bendecía que mis papás estuvieran lejos, pero aún así hablábamos por teléfono, a cargo de ellos, para… lo mismo), igual Gio.

Este último debía viajar a Temuco nuevamente, esta vez por un trámite económico del colegio. Camilo no conocía la hermosa ciudad del sur de Chile y acompañó a Danilo y Gio. Yo debí quedarme, puesto que alguien vendría a arreglar unas cañerías de agua que necesitaban reparación, lamentable; en todo caso, idos los chicos, llegaron los hombres, arreglaron rápidamente los desperfectos, les pagué, aproveché de lavar la ropa de todos y la tendí, muy responsable yo. Al mediodía estaba desocupado, me puse el traje de baños, puse la lancha en el agua y la eché a andar, cuando los chicos se subían hacían correr la lancha desde la partida, lo que incluso una vez nos trajo una reprimenda de la Capitanía de Puerto, a cargo de Marinos de la Armada de Chile (¡¡¡en un lago…!!!) Esta vez salí serenamente, y me alejé hacia el oriente, en que había menos gente, fui al “lugar secreto” de pesca que nos señaló don Esteban, no era tan secreto, pero en todo caso, no mucha gente llegaba hasta allá. Armé el parejo de pesca y eché el anzuelo al agua, a los pocos minutos una trucha pequeña mordió el anzuelo, con mucha delicadeza le saqué el afilado gancho y la liberé luego de insultarla por huevona. Había otros pescadores, pero me llamó la atención que alguien me miraba con anteojos de largavista, me dio algo de vergüenza y me senté en la lancha de nuevo para olvidarme luego y tratar de sacar otro pez (que me comería de todas maneras). La suerte estaba conmigo, una trucha no tan pequeña decidió morder el anzuelo y dije que otra igual sería perfecta. Mientras sacaba al animal, sentí el inconfundible sonido de una máquina fotográfica que disparaba repetidamente, una toma tras otra, me di vuelta y vi a unos metros a una persona que me fotografiaba; me molesté, mi papá me había dicho que nadie podía fotografiar a nadie sin la autorización correspondiente. Decidí hacerle un gesto obsceno. Le mostré mi dedo medio. Sentí que la persona se reía y bajaba la máquina. Era el Carabinero Martínez, mi salvador, me sonreí, pero igual le grité que no me fotografiara, que no le daba autorización.

— Chico, Chico… ¿Marcelo es tu nombre? —

— Sí, me llamo Marcelo… — la persona se acercó en su bote (a remos) hasta apegarse a la lancha.

— Marcelo, ok… — le estiré la mano y se la estreché, el apretón y la sacudida que me dio fueron fuertes y vigorosas, pero me la aguanté de no protestar, al fin y al cabo era un uniformado del GOPE, los soldados de los Carabineros, tipos paracaidistas, expertos en lucha, en fin comandos, pero de la policía.

— Nunca me enteré de su nombre, señor Martínez, y deseo aprovechar de agradecerle de nuevo el que me haya sacado del fondo de esa quebrada, y además pedirle disculpas por haberle hablado de manera poco correcta — dije lo más cortés que pude.

— No hay problema, Marcelo, esa actitud me gustó, refleja dignidad de tu parte, pero, tu olor… bueno… no era muy digno, no? — Enrojecí, debía haber olido a mierda y vómito… al ver mi reacción se echo a reír.

— Me llamo Patricio, Patricio Martínez… “Bond, James Bond” agregó con voz grave y nos echamos a reír ambos. Patricio (“Pato para los amigos, pero algunos me dicen Paco”; Paco es el nombre despectivo que se da a los funcionario de la policía en Chile “ahí vienen los pacos” es una sentencia para referirse a ellos de manera peyorativa). Nos echamos a reír nuevamente.

— Ya… — dije, — ¿le puedo preguntar algo?, es decir ¿dos cosas …?

— Depende el tipo de pregunta, pero dale, veré que te respondo… — dijo saliéndosele lo de carabinero más acostumbrado a preguntar antes que a contestar.

— ¿Por qué estaba molesto, cuando me sacó de la quebrada?

Se echó a reír, — sabís lo qu’es estar ocho horas buscando en un cerro?… puf… estaba cansado como perro, y si bien mis compañeros te buscaban, me mandaban a todas partes, yo soy paco raso, el de menor rango, subir ese cerro, bajar esa quebrada, sabíamos que no podíai estar muy lejos, vivo o muerto, el arroyo no te iba a arrastrar lejos. Cuando vi tus zapatillas, pensé que iba a tener que hacer guardia al lado de un muerto, hasta que llegara el fiscal y eso… eso me tenía enojado, malhumorado, además me dolía la guata de hambre…

— Ah!… ¿pensaban que estaba muerto?, mi amigos no me han dicho nada de eso, y yo no les he preguntado…

— ¿Tus amigas…? — no acentuó nada de las palabras, pero fue claro para mí que había dicho “amigas”. Me puse serio y enrojecí como grana… hasta la raíz del pelo…, en ese momento una trucha mordió mi anzuelo, aproveché la circunstancia para obviar la situación; me puse a luchar con el animal, era grande, saltaba a lo lejos, se veía su cuerpo plateado con visos rojizos, una gran peleadora la trucha, pero mi nerviosismo me tenía actuando de manera poco precisa, dejé que se metiera debajo de la lancha, se me enredó la lienza, la saqué finalmente, con la ayuda de ‘Paco’. Se la entregué viva, le dije que era una forma de agradecerle su ayuda y que debía irme. Me miró, sonrió con la fila de dientes perfectamente parejos y albos como la nieve en una cara morena por el sol, le dio un golpe con la mano y el animal dejó de moverse…

— ¡Permiso… eh!, debo irme Pato…

— Adiós chico, pero te queda otra pregunta que hacerme ¿o no? —

Traté de recuperar mi aplomo; tan seriamente como pude le dije — ¿por qué me miraba con binoculares y después me tomó fotos?

Se volvió a reír, —te miraba con binoculares para saber si eras tú, y te tomé fotos… ¿quieres verlas? — preguntó de manera casi casual…

Me detuve en la huída que estaba emprendiendo, me dio curiosidad.

Puso su máquina digital en display, me sorprendió la calidad del artefacto, con zoom digital y óptico que, combinados, daban un zoom de 500 milímetros; ubicó las fotos mías, vi flores, animales, detalles de hojas, insectos en primer plano. Y me vi de lejos, la foto mostraba mi espalda, la siguiente era mi perfil, casi en primer plano, luego algo borroso, un mal disparo, pero reconocí mi rostro de frente, la siguiente era un nuevo intento, esta vez en foco perfecto, un mechón oscuro de puntas doradas cruzaba mi rostro desde la parte alta izquierda de mi cabeza, cruzaba elegante mi nariz galesa, y alcanzaba hasta mi barbilla, ¡excelente foto!; — ¡Buena, eh! — fue su comentario. Me vi liberando el primer animalito. Me inquietó el ángulo, aparecía doblado, echando al animal, y el centro de la foto era mi torso medio desnudo con el estiramiento…

La siguiente foto… era mi poto en pleno… perfectamente delineado en mis ropas… Lo miré y puse cara de pregunta… puso cara de inocente y sonrió…

[¿Carabinero?, ¿Mi trasero?... no, no, no... estupideces...]

La siguiente foto, una seguidilla completa en verdadera primeros planos de mi trasero, al pasarlas rápidamente, aparecía como si me moviera, girando a derecha e izquierda… era las fotos que había escuchado una tras otra… Le entregué la máquina…dije que me iba… que debía irme… estaba asustado… tomó el aparato, lo puso a su lado, con lentitud y me aferró fuertemente de la manos, me atrajo hacia sí. — Eres lindo, eres precioso y puedes hundirme en la cárcel, Marcelo, creo que sé, tú y tus amigos tienen sus cosas… —

— Por favor, suélteme… hay otras personas… — Pareció darse cuenta de la situación, en verdad las otras personas estaban en lo suyo, y no se percataban de la pasión que se estaba desatando en nuestro buen amigo… mi comentario sólo lo afectó un momento… se aferró aún más a mí, él en su bote y yo en la lancha. La que abordó, me sujetó las manos y me las puso en la espalda de modo que quedé a su merced, podía violarme si quería, y tuve la certeza que lo haría, su musculoso cuerpo era una demanda muy exigente para mis capacidades de defenderme. Medía unos quince centímetros más que yo, su pelo extremadamente corto era un marco oscuro a su cara morena. Apoyó su cara en la mía, me soltó y me abrazó… quedé laxo entre sus brazos que parecían cuerdas, no podía hacer nada.

De pronto me soltó… saltó al bote… se puso a remar vigorosamente alejándose… suspiré soltando toda la emoción y angustia del momento, eché a andar el motor de la lancha, aceleré al máximo de un solo tirón, la embarcación dio un salto y salió disparada, aferré el volante. Se alzó la proa y me alejé a toda velocidad. El motor rugía como nunca, debí ponerme de pie para ver adónde iba. La prudencia me indicó que debía bajar la velocidad cuando me percaté que iba a 82 kilómetros por hora, quería llorar, de hecho me puse a llorar… disminuí la velocidad, la mantuve a unos quince kilómetros para acercarme a la casa. De pronto la furia me envolvió, debía enrostrarle a este hombre lo que había hecho, giré en 180 grados, llegué de nuevo al área y lo vi que se acercaba a un embarcadero, allí me dirigí, la ira me tenía ciego, debía escucharme…

Resonaron de nuevo sus palabras: — Eres lindo, eres precioso y puedes hundirme en la cárcel, Marcelo,…

¡Si, te puedo hundir en la cárcel, hijo de puta, y borrarás de tu máquina esas fotos de mi culo, conchetumadre, paco culia’o… — (la más popular de las frases en Chile)… troné para mis adentros. Me acerqué a su embarcadero, me miró sorprendido…

— Quiero que borre… que borre… mis fotos de su máquina… ¡por favor!— agregué…, perdiendo parte de mi aplomo en tanto que la ira daba lugar al miedo… ese hombre podía darme un solo golpe y matarme… y morir no me daba miedo, sólo al dolor…

— Ya lo hice, Marcelo, y ahora debo darte disculpas, yo… lo lamento— me dijo desarmándome completamente con su tono sereno, en que no había una pizca de humillación. Salté al embarcadero, y le pedí la máquina. Me la pasó, la revisé, volvía a ver los paisajes, los insectos, efectivamente mis fotos ya no estaban allí, excepto una: mi cara en que un mechón de pelo que doraba el sol, cruzaba mi rostro. Busqué donde estaba el foco de la foto, exactamente en mi boca sonrosada.

— Esa la dejé, si deseas la borras… —

— ¿Yo le gusto, Paco…? ¿eh… Pato? — le pregunté fingiendo más aplomo que sintiéndolo.

— Si… —

— ¿Qué le gusta de mí?… mi … ¿mi poto? — le pregunté titubeando, tratando de ver si alrededor había más gente para gritar si esto se salía de madre…

— No,… me gustas tú… — respondió serenamente…

Lo miré, su rostro sereno era un mar de tranquilidad, amarró el bote, y yo amarré la lancha como un autómata, sabía que debía irme pero una fuerza desconocida me retenía allí…

— Pero fotografió mi poto, ¿no? — lo interrogué abiertamente.

— Sólo me dabas la espalda, por eso lo hice— me respondió.

— Paco, yo… — sentí que la ira que aún quedaba se deshacía en ansiedad. — Debo irme, tengo miedo, y hambre… al menos usted ha sido sincero… y no haré nada… no se preocupe, pero no debió fotografiarme y tampoco haberme forzado contra usted… ¿me entiende?

No sonrió, pero su cara se dulcificó en un gesto amable. Estiró una de sus manos hacia mi cara, extendió el dedo índice y tocó la punta de mi nariz acariciándomela… me recogí dentro de mi… tragué saliva… quedé paralizado, su dedo se dirigió a mi entrecejo, de ahí se deslizó suavemente hasta la punta de mi nariz, yo no lo rechacé, lo dejé que lo hiciera, el pánico se me vino encima… pero no fui capaz de eludirlo… mi corazón se aceleró a niveles que no había experimentado antes… volví a tragar saliva, cuando su dedo suave y cálido alcanzó mis labios, en mis entrepiernas se removió algo. Pato me estaba seduciendo y yo estaba dejando que lo hiciera. ¡Huye, Marcelo, huye!… pero estaba clavado allí… una titánica lucha se produjo en mí, el terror por un lado, la seducción que operaba ese hombre sobre mí… poco a poco, la parálisis que me atacaba se apoderó de mí completamente, y no fui ya capaz de luchar contra nada. Tenía miedo, y tenía deseo.

Alcanzó mis hombros con ambas manos. Alcé mis ojos para mirarlo a los suyos, algo de ansiedad percibí en ellos, me arrastró hacia sí y me dejé hacer… pese a que sus movimientos no eran delicados, no había rudeza, me estrechó entre sus brazos poderosos. Delicadamente despejó mi cara con sus dedos de un rebelde mechón que me cruzaba el rostro.

— Eres tan, tan, hermoso Marcelo… — susurró. Me derretí en sus brazos. Tragué saliva ruidosamente. Sin embargo…

…cerré los ojos para sentir en pleno la fuerza que emanaba de este adulto que me seducía como el agua cálida. Me estrechó aún más. — Y me estás enloqueciendo desde que te vi tirado en el suelo, aterrado que estuvieras muerto, lo primero que vi fue tu cara, y me fascinaste—. Rendida definitivamente mi adolescencia, me apoyé en su pecho. Lo siguiente que sentí fue que una de sus manos tomaba mi barbilla y la levantaba dejándome con la cabeza estirada hacia atrás, abrí lo ojos, su cara estaba a centímetros de la mía. Volví a cerrar los ojos. Sabía lo que vendría. El mundo terminaba en mi piel y en la suya. No había nada más. Quedé vació de voluntad, un muñeco, un inútil saco humano que no reaccionaba.

Y vino lo que yo sabía que vendría. Su respiración estuvo cerca de mí inundando mi cara, el aroma de su aliento cálido y sensual se apoderó de mí, la suavidad de sus labios depositados como mariposas en los míos contrastaba con la aspereza de su labio superior con una barba hirsuta y dura. Más que inhibirme, esa aspereza casi hiriente provocó en mí una reacción inesperada. Abrí mi boca, dejando que su lengua me entrara. Estiré la mía para tocar la suya. No pude resistirme, lo que ocurrió enseguida fue automático, lo abracé, lo estreché contra mí. Su dureza se apegó a mi vientre y la percibí que abarcaba desde mi ombligo y terminaba exactamente en mi plexo solar.

Pato se recogió, su brazo pasó por mis piernas y me vi alzado, llevándome en sus brazos hasta una cabaña cercana, la abrió de un empujón, para depositarme en el suelo sobre mis pies de nuevo. Me besó de nuevo, estrechándome al mismo tiempo que los hacía yo. La corriente de pasión entre nosotros fue perdiendo control, el beso que nos unía como si nuestras lenguas estuvieran atadas daba espacio a que se desataran deseos incontenibles, y el pudor fue perdiendo terreno como perdedor consuetudinario en circunstancias como ésta.

El adolescente que soy yo, en mi infinita y deliciosa irresponsabilidad, fue arrastrado por los más puros instintos, sin racionalidad alguna, desplacé mi mano hasta su centro. A través de sus pantalones sentí su dureza, su dureza, su dureza,… restregué mi mano en ella, lo palpé duro como roca, era grueso, largo, yo tenía que palpar más, luché con su cinturón, el — aaaahhhh— de Pato, gemido en mi boca, me pasó inadvertido. Di con la hebilla, la deshice, el botón y el cierre de su pantalón fueron juego de niños (yo tenía experiencia), sus pantalones cayeron hasta más allá de sus rodillas, las peludas piernas las adiviné contra las mías que carecían de vellosidad; sus boxer me dieron espacio más libre, pude agarrarlo, esta vez con toda mi mano, siempre a través de la tela, eso era insuficiente, puse mi mano izquierda en la banda elástica y la empujé hacia abajo para dejarlo libre… esta vez lo agarré en pleno, sin la molesta tela, dios, eso era impresionante, duro, largo, grueso, palpitante… lo moví de arriba abajo, sentí la necesidad de apretarlo, de acariciarlo… el líquido que bañaba su glande, igual que una callampa, se deslizaba lubricando mi dedo que pasé por la asombrosa suavidad de terciopelo que era la piel de su gruesa cabeza

Chupar un pico… sí… si… chupar un pico, la fantasía se me hizo realidad de nuevo…

Me deshice de su beso eterno, de su sueño en mi boca, de sus gemidos, de sus declaraciones de que yo soy hermoso; me puse de rodillas ante mi nuevo ídolo.

Ante mi apareció una vara durísima, de cabeza rubicunda, húmeda, que latía como con vida propia, la lengüeteé, arrancando de Pato un gemido ronco, y la metí en mi boca.

— ¡Chupa, niñito, chupa…!!! — me dijo Patricio.

Fue lo que hice. Chupé, lamí, succioné, los jugos invadían mi boca y yo tragaba luego de saborear las frutas inmaduras, aún lo llevé más allá de mi garganta, y, haciendo un esfuerzo, el grueso miembro la sobrepasó, me acordé de Lei, abrí mi boca, y me resultó, los dieciocho centímetros se adentraron en mí, y aún pude engullir parte de su saco de bolas, Patricio apretaba mi cabeza contra su genitalia y sólo gemía, incapaz de pronunciar nada entendible.

Me vi alzado, me desnudó lentamente, cada prenda que me sacaba me iba alzando en mi deseo, lo útimo que me sacó fue mi reloj que quedó en una silla. La siguiente visión fue una cama, Patricio se hizo de mí susurrando —Precioso, hermoso… — me besó metiendo su lengua hasta alcanzar la mía, y lo siguiente que hizo me sorprendió, el terror se había diluido, lo que hizo fue sensual, de mis labios pasó a mi nariz, y se hizo de ella con toda su boca, me la besó, la chupó, la succionó, la lamió, — tu nariz, tu naricita hermosa, eres tan hermoso niño, tan hermoso— pasó directamente a mis tetillas y a mi ombligo, en donde estuvo largo rato… y de ahí a mi pico erecto, babeante y trémulo… el que lo chupara me sobrepasó, me revolví desesperado, yo era una marioneta en su poder, mis bolas desaparecieron en su boca, mi periné fue su juguete.

— Cabro culia’o, cabro culia’o, me tenís loco… me tenís loco… — dijo con voz ronca y ansiosa. Yo también estaba enloquecido, pero paralizado, levantó mi pelvis y me abrió las piernas para que le dejara espacio, me abrió los glúteos y me hizo exhibirle mi ano… me lo miró. Acarició rudamente, con ansia, mi nalgas, me tocaba el agujero t trataba de penetrarme con él. De pronto hizo mucha presión y me arrancó un gemido de dolor.

Eso lo decidió.

La llegada de su lengua a mi ano fue alucinante. La metió limpiamente, — Fsssssssssssshhhhhhhhhhhhhhggggggggghhhhhhhhhhttttt — se escapó de mí, se ubicó como para sugerir un 69, su altura me impedía llegar a su verga, sólo me quedó su ombligo a mi alcance y eso fue lo que hice. Mientras lamía mi agujero, yo revolvía mi lengua en su ombligo.

Me vi dado vuelta y supe que me iba a penetrar, me dio miedo, Patricio tenía un equipamiento demasiado grande.

—Pato, Pato… querís metérmelo ¿verdad? — fui capaz de balbucear…

— Si, quiero culiarte. — Su lenguaje había variado de tierno y lleno de confesiones de amor, a ser algo grosero, pero más que ser intimidante era incitante.

— Pero lo tenís muy grande, me va a doler mi hoyo… — mi vocabulario trataba de ser consonante con su actitud, pero mis reacciones eran de miedo.

— Espera… — Se agachó detrás de mi, su lengua alcanzó mi agujero y me lo llenó de saliva, de hecho escupió en mí, me agarró de la cabeza y me hizo chupárselo — mójalo, mójalo, niñito, mójalo… — yo ya no tenía ninguna chance de eludir el que me sodomizara, y de hecho mi lujuria lo estaba deseando, pero debía hacer algo, no así sólo con saliva, le dije que buscara algo para lubricarme, quizás desconfió, me tomó rudamente de la mano y me llevo a la cocina, buscó aceite, me echó delante una buena cantidad del líquido en el poto, y se puso en su verga dura, aprecié la longitud, el grosor y la dureza. Me levantó en sus brazos, me llevó a la cama, me acomodó a cuatro patas y lo esperé…

Su mano me sujetó de una cadera. Uno de sus dedos me acarició mi agujerito cerrado, se adentró en mi, haciéndome retorcerme de placer y algo de dolor, — estás tan apretadito, precioso mío— Un segundo dedo luchó contra la estrechez de mi túnel, maniobró para soltarme. Se tomó su miembro y la apuntó a la entrada de mi agujero. La cabeza de su pico se apoyó en mi puerta trasera, un ligero empuje encontró una severa resistencia de mi parte, mi agujero se cerró ante la que yo creía una monstruosidad… otro empuje un poco más insistente y me abrí, mi ano se abrió como una florcita, para acoger una cosa amplia, dura. Invadió todo el atrio, con sólo la mitad de la gruesa cabeza.

Aunque ya se hizo delicioso, pero torturante, esto me estaba sobrepasando, creo que estaba por ofrecerle sólo la boca y que acabara allí. Pero ahora él estaba intentándolo por mi culo, y no tenía muy claro cómo rechazarlo. Sentí su nuevo empuje. Esta vez se adentró con toda la cabeza en mí. Quedaban otros 16 centímetros, que yo sabía que me los iba a meter, quisiera yo o no… Patricio se había apoderado de mí… Su nuevo empuje llegó a mi esfínter, le pedí que se detuviera, se lo rogué, —para, para… déjalo ahí—

— Qué querís que te deje ahí… niñito?— entendí qué es lo quería Patricio, quería lenguaje sucio, quería pornografía… y me sentí en peligro de nuevo, estaba en un terreno tan fuera de mi control que sólo me quedaba hacer caso absoluto a lo que mi poseedor quería… a merced de sus deseos.

— Tu pico, déjalo ahí un poquito— me concedió una tregua… luego de un momento, empujó un poco más, resbaló penosamente dentro de mí — Oooooooooooohhhhh— salió de mi garganta, me sentía virgen de nuevo, había alojado penes adolescentes en mi agujero, pero esto estaba lejos, muy lejos de lo que yo había experimentado hasta ahora. Un adulto estaba penetrando a un muchacho de menos de catorce años.

Sentí pulsar dentro de mí, Patricio estaba superando la barrera de mi esfínter, y estaba ensartándome con toda su masculinidad, en la pasada rozó mi próstata, la verga más grande que me había tragado hasta ahora, me sedujo hasta subyugarme, y ahora YO quería que me culiara, la obscenidad se me hizo carne literalmente, — culéame, culéamo, rico… si… mételo más adentro, suave… culéame— y así pareció entenderlo Patricio, empezó un vaivén suave, luego se fue acelerando hasta alcanzar un ritmo frenético, cada pasada por mi próstata era enloquecedora, empecé a quejarme de placer, empecé a eyacular directamente a la cama; hasta que su verga se puso más gorda y empezó a inundarme, la presión de sus poderosos brazos en mis caderas fueron casi desmayantes, como si él entero quisiera entrar completamente en mí… — Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, Niño, …. — Niiiññoo… niiiñoo… niño.. mi… MI ni… iii… ño…. — su voz se fue apagando paulatinamente hasta que fue sólo un susurro apenas audible mientras sus movimientos se hacían cada vez más lentos y pausados… — te amo…. — fue lo último que entendí…

Patricio había acabado dentro de mí… todos sus líquidos había ido a dar dentro de mí… cuando se salió finalmente, un torrente de líquidos escurrió de mi agujero, para correr por la piel de mis piernas… lo dejé que corriera… no era mi cama. No era mi problema…

Patricio tenía veintidós años, yo trece, él era un adulto, yo un menor de edad, fue lo último que reflexioné antes de levantarme silenciosamente mientras se dormía; me alejé remando en la lancha y a los 500 metros eché a andar el motor, me fui a la mínima velocidad, mientras trataba de limpiarme el ano de su jugos, detuve el motor de la lancha y me masturbé furiosamente, fue la paja menos placentera de mi vida, cargada de culpas…, de miedo… de arrepentimiento, de no saber qué le diría a Camilo, o que quizás me lo callaría para siempre.

Ya en mi casa, me dormí luego de bañarme y tratar de meterme jabón en el poto, para lavar culpas, de la traición, de la seducción, de la debilidad, de ser un pobre chico movido sólo por la búsqueda de mí mismo, en el camino a la realidad nuevamente…

Non, rien de rien, je ne regrette rien, cantaba Edith Piaf, las palabras de papá, prudencia, reflexión, acción eran trapitos que se meneaban desgarrados en el viento de la triunfante irresponsabilidad (que yo creía que escondía detrás del miedo).

***

Si esta historia le ha gustado, aliénteme a seguirla; escriba a dap_cl@yahoo.com. Ah!, si desea darme ideas, bienvenidas, sus aportes, sus críticas serán ponderadas y consideradas, aunque no se lo garantizo. Si no desea seguir sufriendo con lo mal escritor que soy, no me lea más… no hay problemas.

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